Aquí expongo un trabajo que he realizado para Lengua, consiste en la creación de un relato (en este caso ficticio) y dice así:
Una fría noche de invierno, andaba solo por las calles, calles oscuras y desalojadas de cualquier tipo de vida terrestre. Había dejado mi casa atrás, pues tras una discusión con mis padres, no tenía ganas de tenerlos cerca. Yéndome a dar un “paseo nocturno” les haría entrar en estado de preocupación y culpabilidad.
Subiendo y bajando aceras, viendo coches mal estacionados, parques de niños llenos de litronas, papeleras rotas, bancos públicos con tablas partidas, marcados por alguien que piensa que todo el mundo se apasiona al leer su nombre y el de su ultima adquisición social.
En ese momento pensé en el día en el que dimos la primera clase de Ética en cuarto de ESO (hace ya unos años) y en las cuestiones que generaba la profesora: ¿Es ético que tengáis el instituto hecho una basura? ¿Es ético que vuestro comportamiento sea tan diferente a solas con una persona comparándolo cuando estáis en compañía de los amigos y no os mostráis como sois?
Supongo que la respuesta a todas estas preguntas es no, pero a pesar de que todos la sabíamos, nadie se regía a sus propios ideales.
Seguí mi paseo, pasando ahora por un descampado, el descampado en el cual jugábamos mi hermano, yo y nuestros amigos cuando éramos niños. Donde en invierno hacíamos cabañas y en verano jugábamos con globos de agua.
–Que buenos recuerdos.– Pensé.
Llegué a la plaza, un elemento más que me hacía entrar en la nostalgia de aquellos maravillosos días sin preocupaciones ni responsabilidades. A pesar del frío que ya hacía, me senté en un banco de mármol en el que aun se conservaban pintadas que recordaba de mis tiempos de escolar.
Ya ni siquiera recordaba la real importancia de la discusión con mis padres ya que ellos actúan como tales, y yo en su lugar tampoco habría aceptado que mi hijo con 22 años se mudara a la casa de su ultima novia con la que lleva poco más de dos meses.
–¡Yo la quiero! – Grité en la soledad de la plaza.
Ahogando en el silencio mi absurda decisión, volví a casa retomando mis pasos.
Al llegar a casa, dijo mi madre, aun en vela:
–Que pronto has vuelto esta vez, ¿no?
–Sí, suele pasar cuando le ves el real sentido a las cosas.
–Muy bien, pues ya va siendo hora de que veas el real sentido del reloj– Contestó mamá con cierto aire vacilón.
–O puede que la luz de la luna y la soledad de las calles conviertan a los seres humanos en lo que en realidad son, personas.– Atajé.